sábado, 11 de agosto de 2012

LAS NOCHES MÁS OSCURAS DE MARRAKECH V

PREMISA: Estuve en Marrakech siete días en agosto del 2011. A cada día corresponde una camiseta de un Cuerpo de Linternas en acorde a la primera emoción que sentía por la mañana. Luego emprendí en rutas turísticas determinadas intentando conservar y explotar la emoción que tocaba. Enfatizo que ninguna de las camisetas fue preseleccionada. Lo que sentía ese día, vestía.  Eran meras pautas para condicionar mi dialéctica e interacción con la gente de una manera u otra. A nivel personal, era una búsqueda por encontrar mi emoción en el Espectro Emocional. Tenía seis camisetas y vestí la emoción ganadora en mi retorno el séptimo día. Ah… y otra cosa… como el mismo nombre implica, mis noches fueron demasiado oscuras para ser contadas. Con lo cual, la narración será de la aurora al crepúsculo. Lo que hice por las noches, me lo llevo a la tumba... 


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La historia hasta ahora:

Lunes: Aprendí a inspirar un gran miedo. Haz click aquí para leer la entrada completa.

Martes: Encontré el cadáver del Superhombre. Haz click aquí para leer la entrada completa.

Miércoles: Mi avaricia me condujo a la perdición. Haz click aquí para leer la entrada completa.

Jueves: Mi venganza contra Marrakech. Haz click aquí para leer la entrada completa. 




VIERNES: DESCARGANDO LA VIDA

Me levanto con mucha vitalidad. Con la sensación de conquistarlo todo. Incluso habiendo dormido poco… anoche conquisté mi mayor miedo. Después de eso, ya no hay limitaciones para mi potencial. Mis quemaduras y el dolor de mis pies persisten. Pero mi voluntad puede motivarme para caminar alrededor del mundo. En llamas incluso. Ya no se trata del miedo a ser estafado por los taxistas. Veo caminar como la disposición de los aventureros. Los héroes. Aquellos que mueren con cicatrices y descubren cosas nuevas a cada paso. EL GREEN LANTERN CORPS. Y la principal ley de la aventura: mientras menos recursos tienes, más cosas te suceden. Es una cosa que lamentaba de estar en un hotel en lugar de un hostal. Aunque estar acomodado no tiene nada de malo si te vas de vacaciones. Antes de salir, visto mi camiseta verde y recargo mi anillo:

In Brightest Day
In Blackest Night
No evil shall escape my sight
Let those who worship evil’s might
Beware my power
Green Lantern’s Light!

En mi primera salida, no pasa nada relacionado a la voluntad o el vitalismo. Pero me da una idea de lo que quiero hacer ese día. Una de muchas fantasías que tenía cuando era niño. Después de todo, ¿qué es la voluntad sino todos los deseos que teníamos cuando éramos pequeños y no llegamos a materializar? Y las construcciones mentales de mi anillo sólo me piden una cosa para Marrakech. Montar en camello por las dunas.

Creo que todo el mundo piensa en dunas cuando se menciona el desierto. Admito ser uno de ellos. Pero es algo muy lejos de la realidad. El desierto suele ser tierra, roca y cacto. Aunque hay un sitio en Marrakech donde hay dunas y camellos. Lo que se denomina “Le Circuit de la Palmeraie” o el Circuito del Palmeral. Mientras que una gran parte del desierto es justo como lo maticé en la realidad, mi guía me indica que hay una sección con dunas. Caminaré hasta la entrada del Palmeral donde espero encontrar algún árabe con camellos.

Descanso hasta la tarde. Pese a no tener miedo, necesito ahorrar energías para llegar caminando hasta ahí. No me parece tan lejos en comparación a otros recorridos que ya había transitado. Parece lo suficientemente simple. Tengo que llegar hasta la Medina y subir la muralla hacia arriba. Por lo que no tiene reto o pérdida. Mi única preocupación es que me cobren demasiado por los camellos. Tras mi venganza de ayer, realmente me da igual.

Salgo alrededor de las tres y media. El sol sigue brillando con pujanza pero es más tolerable que el sol del medio día. Además dispongo de una botella de agua y sombra por el costado derecho del Gueliz. Mis pies me siguen doliendo y una de mis sandalias está rota en la parte superior. Recuerdo a Bruce Willis y su interpretación de John McClane en Die Hard (Jungla de Cristal para los españoles). Me hacen gracia las figuras como James Bond quienes, posterior a todas sus hazañas heroicas, ni siquiera se despeinan. En Die Hard III, en cambio, John McClane pasa toda la película de resaca y acaba deshecho físicamente; fatigado, sangrando y cojeando. James Bond consigue mujeres hermosas sin intentarlo y John McClane siempre tiene problemas con su mujer. Entre los dos personajes, el verdadero héroe es el segundo. Lo triste es que todos queremos ser James Bond. En otras palabras, nadie desea ser un héroe de verdad.

Me encuentro cansado al llegar a las murallas. Aparte hay un marroquí en bicicleta que me persigue. Me detiene. Seguramente para estafarme. Pero logro desprenderme de él con la frase mágica: ¡NO TENGO DINERO! Empiezo a cercar la muralla hacia el norte. Me encuentro con nuevas entradas y pasajes al interior. Mas me ciño en todo momento en la corteza de la Medina. Es curioso que no haya ningún turista haciendo la misma ruta. Como si soy el único loco, héroe o kamikaze en la zona. Empiezo a acercarme a una sección comercial. Parecido a la Plaza Jamaa el Fna pero más pequeña y sólo con marroquíes.  Empiezo a sentir miedo nuevamente.



Antes de entrar en la parte comercial, un marroquí me susurra la palabra “Hachís”. Es algo habitual y continuo en Jamaa el Fna. Me lo han dicho tantas veces, que ya me lo tomo con gracia. Hasta el punto que cuando me dicen “Hachís” suelo responder “Salud, Santé, Jesús, God Bless You, Gesundheit”… o alguna variación.  En ese caso en particular, le digo en francés: “No eres el tipo de camello que busco”. No sé si “camello” en Marruecos significa narcotraficante como en España, pero el hombre del hachís se queda sin palabras ante mi comentario. La situación me da tanta risa que pierdo el miedo a los pocos instantes. Pese a ser el único turista que pasa por ahí, ningún vendedor marroquí se me acerca. Me percato que la mayor parte de las sabandijas mercenarias se encuentran en los sitios turísticos. Lo confirmaría en el siguiente escenario.

Qward. El universo de Antimateria. La Central de los “Grand Taxis”. En Marrakech hay dos tipos: grande (grand) y pequeño (petit). Los primeros son de marca Mercedes y son más caros. Los segundos son una mezcla de Ford Fiesta con Lada. Ambos son de color beige. Mas, para el simbolismo de mi viaje, amarillos. Una debilidad para las Linternas Verdes. Por esta parte de la historia, es obvio que son mis enemigos. Especialmente hoy que predico el acto de caminar como heroísmo. Lo peculiar es que ninguno de los que merodea por la zona ofrece llevarme. Y pierdo de vista a otro enemigo amarillo: el Sol.

Ya no hay sombra en ningún sitio y el calor empieza a afectarme. Sudo parcialmente y me siento un poco mareado. Decido parar en un restaurante o café para descansar e hidratarme. El problema es que no lo hay. No encuentro ningún oasis urbano en aquella zona. Mis pies también van a peor. Cada paso que doy me produce mucho dolor. Poco a poco mi voluntad se va feneciendo y mi anillo pierde su carga.

Llego a la intersección después de cruzar un sitio ambulante y una Gasolinera sin tienda de alimentos y bebidas. Siento que no puedo más. Pregunto en una farmacia y me encuentro con Ganthet, el Guardián del Universo, que me indica que debo pillar un taxi porque queda muy lejos. Ignoro el comentario y sigo adelante. Después de todo lo que había caminado, no podía estar muy lejos. Lo veo en mi propio mapa. Aunque no tengo certeza completa de donde estoy. Reitero que en Marrakech no le ponen nombre a las calles. Mucho menos en aquella zona. Estoy en un bucle. Afuera encuentro puestos de venta ambulante de chatarra y fruta conduciendo a una nueva entrada a la Medina vía la muralla. Al otro lado hay un callejón similar al de Mulholland Drive en Los Ángeles. Perpendicular a las dos hay un puente que cruza sobre una ribera seca. Después de deambular a mitad del camino en las tres direcciones, opto por la cuarta opción: seguir la muralla por un desvío de la primera sección.

Vuelvo a encontrarme con la muralla antigua más adelante. Hasta entonces la sustituía una más actual y menos estética. Cuando cruzo en el desvío, descubro otro presagio de la Noche Más Oscura. Se trata de un cementerio rodeado por un muro sin un acceso visible. Descubro que es un cementerio por los agujeros grandes que se dispersan aleatoriamente por el mural. Un símbolo de la existencia: No importa cuanto cuides tu muro vital, inevitablemente se le abrirán agujeros de muerte.



Me detengo en un banco a la sombra para beber la poca agua que me queda. Me echo un poco en la cabeza. Está caliente y no me refresca como espero. Mientras descanso, me percato de una construcción árabe más actual donde puedo vislumbrar palmeras y otro tipo de vegetación al otro extremo. Las puertas están cerradas. Pero me acerco igualmente. Toco la entrada a Jurassic Park y me contesta algo parecido a un dinosaurio. Un marroquí que ni siquiera comprende lo que digo. En realidad, es otro Guardián. El traidor, Scar. Quien no me permite acceso a la vida. Le pregunto por el Palmeral y me responde negando con la cabeza. Incluso pienso que pueden haber dinosaurios dentro. Pero estoy a salvo por el Ramadán. Aprovecho para visitar un lugar similar más adelante. Esta vez encuentro al Guardián Ranakar que me dice lo mismo que Ganthet: pilla un taxi que queda demasiado lejos andando. La fatiga, la deshidratación y no encontrar el maldito Palmeral me convence. Mi anillo tiene poca carga. Yo tengo poca carga. Decido pedir un taxi.




En aquella etapa de desesperación, mi única duda es pillar un taxi para el Palmeral o irme al hotel directamente. Elijo lo primero ya que no puedo soportar que todo mi viaje haya sido en vano. Mientras espero que se asome alguno, el superhombre marroquí, un niño de la zona, me dice, “Monsieur” acompañado de unos pulgares arriba. No sé a qué se refiere específicamente, pero lo interpreto como un gesto de apreciación de toda mi lucha. 

Nivel del anillo al 23%

Paro un petit taxi y regateo hasta diez dírhams para que me lleve al Palmeral. Esta vez no siento temor alguno. Mientras avanzo, tengo curiosidad de qué tan cerca me encuentro de mi objetivo. Resulta que los dos Guardianes a los que interrogué tenían razón. Estaba demasiado lejos. No hubiera llegado sin un taxi. El taxista es muy introvertido, amable y no parece el típico estafador mentiroso de Marruecos. Me lleva justo a los camellos y el encargado del negocio.



Desde que salí del hotel, me visualicé con mi chilaba y la camiseta verde como turbante. De momento la segunda sigue debajo de la primera. No obstante se me quita esa necesidad cuando veo al encargado, Kilowog, vistiendo una camiseta verde en la cabeza. El símbolo de la voluntad. Aunque lo que me dice me sorprende y me decepciona a la vez. Se ríe cuando le menciono las dunas. Me dice que no existen. Le muestro el mapa en mi guía y me señala que estamos cerca del sitio de las presuntas dunas. Pero no existen. Me ofrece doscientos veinte dírhams por una vuelta de camello de media hora. Sólo logro regatear hasta los doscientos. Admito que tiene más voluntad que yo. Es el entrenador de los Green Lanterns. Lástima que no tengo la mía en la cabeza como él. Pude haber llegado a los ciento cincuenta. Son las cinco. Acuerdo con el taxista para que vuelva a las cinco y media.

El camello se arrodilla tras las órdenes de Kilowog. Me subo al dromedario un poco más adelante de la joroba. El camello vuelve a ponerse en pie sin previo aviso. Casi me caigo. Kilowog me pregunta si tengo una cámara para tomarme una foto. Le respondo:

-Me gusta recordar las cosas tal y como las tengo en mi cabeza. No necesariamente como sucedieron.

Mi comentario le parece extraño. Me resulta inusual hasta mí. Lo plagié de Lost Highway de David Lynch. Una frase bonita. Pero en el contexto profundo se trata de la locura misma... la locura misma. El camello está atado a una soga que Kilowog encomienda a mi guía, Tomar-Re. Kilowog se queda atrás y Tomar-Re tira del camello por el Palmeral.  El desierto realista. Piedra, tierra, y en lugar de cacto, palmeras. Alcanzo ver una casa berebere con animales de granja. No es lo que me imaginaba, pero me basta. Siento serenidad en el silencio del desierto. Mi guía irónico sólo me dice dos frases durante todo el recorrido. Vuelve a preguntarme si tengo cámara. Esta vez le digo que la olvidé en el hotel. Lo segundo viene de mi propia boca. Le pregunto nuevamente por las dunas. Tomar-Re me dice que sí existen. Cuando le pregunto dónde, no me responde. Ni se me pasa por la cabeza insistir en el tema. Puesto que me viene una gran epifanía en ese momento.  Y no tiene que ver con camisetas, dunas, taxis o camellos. Consiste en lo siguiente:

La vida se rige por mitades. Por muy fuerte que sea una voluntad, nunca conseguirá la totalidad de lo que quiere. Y si lo hace, el sueño que materializa se quedará a una mitad de sus expectativas. Sencillamente porque la totalidad de la totalidad implica la ausencia del sentido.  

Vuelvo al inicio con los demás camellos. Kilowog ya no tiene la camiseta verde en la cabeza. Sólo confirma mi teoría. Le pago la cantidad pactada. El taxista llega puntualmente. Me despido y emprendo ruta hacia el hotel. El taxista enciende el taxímetro sin que le pida nada. Me cobra exactamente lo que pone cuando llego. Veinte dírhams. Por lo visto no todos son estafadores. ¿O era acaso una construcción de mi anillo? Paso por el supermercado a comprarme dos zumos para recargarme. Mi única duda es si la noche que cae al poco tiempo me drenará con mayor que velocidad que el día. 

Enlaces:

Green Lantern Corps Wiki: http://es.wikipedia.org/wiki/Green_Lantern_Corps
Frases de la voluntad: http://www.proverbia.net/citastema.asp?tematica=101
La voluntad: http://www.tusuperacionpersonal.com/voluntad.html
El Palmeral de Marrakech: http://www.mundocity.com/africa/marrakech/palmeral.html

sábado, 4 de agosto de 2012

LAS NOCHES MÁS OSCURAS DE MARRAKECH IV


PREMISA: Estuve en Marrakech siete días en agosto del 2011. A cada día corresponde una camiseta de un Cuerpo de Linternas en acorde a la primera emoción que sentía por la mañana. Luego emprendí en rutas turísticas determinadas intentando conservar y explotar la emoción que tocaba. Enfatizo que ninguna de las camisetas fue preseleccionada. Lo que sentía ese día, vestía.  Eran meras pautas para condicionar mi dialéctica e interacción con la gente de una manera u otra. A nivel personal, era una búsqueda por encontrar mi emoción en el Espectro Emocional. Tenía seis camisetas y vestí la emoción ganadora en mi retorno el séptimo día. Ah… y otra cosa… como el mismo nombre implica, mis noches fueron demasiado oscuras para ser contadas. Con lo cual, la narración será de la aurora al crepúsculo. Lo que hice por las noches, me lo llevo a la tumba... 

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La historia hasta ahora:

Lunes: Aprendí a inspirar un gran miedo. Haz click aquí para leer la entrada completa.

Martes: Encontré el cadáver del Superhombre. Haz click aquí para leer la entrada completa.

Miércoles: Mi avaricia me condujo a la perdición. Haz click aquí para leer la entrada completa.



                                                    JUEVES: EL PERFUME DE CARMEN

                                                         Roja. La ciudad de Marrakech
                                                         Roja. La ampolla de mi pie
                                                         Roja. La bandera de Marruecos
                                                         Roja. La quemadura del Sol
                                                         Roja. La sopa del Ramadán
                                                         Roja. La camiseta que…

                         Babum… babum… babum, babum, babum babum babumbabumBABUM!


Cronos Carpio del Tártaro. Tienes mucha rabia en tu corazón. Bienvenido al Cuerpo de las Linternas…

                                                                      ¡¡¡ROJAS!!!

No he dormido en mi hotel. Al menos recuperé la tarjeta de mi banco. Pero ha sido la gota que colmó el vaso: ¡Incluso los cajeros intentan estafarme! ¿Cuánto habré caminado ayer en día y noche? La respuesta es la ampolla de mi pie. No una ampolla cualquiera. Nunca me había salido una igual. La ampolla convencional está rellena de agua. La mía, de sangre. Aparte el sol me había quemado por todas partes. Cada vez que una parte afectada se roza contra algo, siento picazón y un ardor como ninguno. Me siento irritado. Y no me extraña que desemboque en ira descontrolada.

Visto mi camiseta Red Lantern sin chilaba. Deseo calmarme. Me enoja estar enojado. Valga la ironía. De momento, sólo tengo dos objetivos: una farmacia y un spa. No quiero saber nada de la anacrónica. Quiero disfrutar de mis vacaciones. Relajarme. Desprenderme un momento de la idea que estoy en un proyecto. Mi parte racional sigue activa dentro de mi furia. Me incita a sublimar mi irritabilidad de forma civilizada. Curando mis heridas y atendiendo a un centro de relajación. Pero mi destino es otro. No encuentro farmacias. Ni deseo preguntarle a un marroquí. Sólo me enojará más. Me pondrá como la gran p… y no me gusta expresar esos sentimientos. Es el único momento cuando me descontrolo y no puedo hacer nada al respecto. Me vuelvo Hulk. Valga la ironía.

Me paso a los spas. Voy a dos. Y tienen el mismo elemento en común: la puerta cerrada y el rumor de taladros y martillos desde el interior. No soy un experto en la musicalidad de la relajación, pero creo que un spa debería ambientarse en un sitio donde no se mutilen las paredes. Decido volver a mi hotel. Paso frente al Supermercado en el camino. Los reponedores sacan pescado de una furgoneta. El olor por poco y me hace vomitar. Devolver sangre. En el doble sentido de la expresión. Tengo mucha sed. Me detengo en una tienda más adelante. Como por instinto, elijo dos zumos de frutas de bosque. Rojo a la vista, dulce al sabor. Me los bebo en unos minutos. Estoy refrescado otra vez. Pero sigo deshidratado espiritualmente. En esos momentos me percato que lo que tengo en realidad es sed de venganza.

Recostado sobre mi cama, cuestiono mi objetivo. ¿Contra quién deseo vengarme? La lista es tan larga que sólo puedo pensar en universales. Vengarme contra todo el puto mundo. ¡Quiero destruirlos! Las mujeres sharmutahs que me hicieron daño, los amigos malparidos que me la jugaron detrás de mis espaldas, las editoriales cabronas que no me publicaban, los profesores maricones que me humillaban, los morosos de mierda del trabajo y todos aquellos que predicaban la injusticia como una puta religión cotidiana. ¡Quiero matarlos a todos! Tendrán su merecido. Tarde o temprano. Y en el final me bañaría en su sangre sólo para sentir la equidad que me corresponde. ¡SENTIRÁN MI DOLOR, HIJOS DE LA GRAN PUTA!


Estoy oficialmente iracundo. Cabreado… de mala hostia…¡COMO LA GRAN PUTA! Me enfurece cada milímetro insignificante de mis alrededores. Quiero que se extinga la vida en charcas de sangre derramada. Elijo salir a la calle con el mismo puto cometido. Logro encontrar una farmacia. Compro unas tiritas especiales contra las ampollas. Me dirijo a otro spa que había visto en caminatas anteriores a la Medina. Está abierto. En el segundo piso. Mientras subo, echo un vistazo a las tiritas. Aparte de su receptáculo carmesí, me llama la atención que me costó 66 dírhams. Semejante al sector de Atrocitus en el comic. Subo la mirada y veo mi primer spa marroquí. Tiene aspecto de salón de belleza.  Veo gente local y turistas relajados como zombis. Justo entonces, me percato que no es la mariconada que deseo en realidad. Ni siquiera el mejor tratamiento corporal puede librarme del dolor que siento en mi corazón anillo. Todo apunta sólo a una cosa. Lo que me librará verdaderamente de esa agonía que retoza en mi pecho. ¡VENGANZA!

¿Cuál es la frase más conocida sobre este tema? ¿El plato que se come frío? Pues en el caso de Marruecos, es imprescindible. Puesto que el sol se incluye en mi lista de venganza, tengo que actuar por la tarde. Cuando el gran astro pisado se halle débil y los vendedores huecos ya han malgastado sus energías mercenarias. Eso me da tiempo para recomponerme y lamer mis heridas con paciencia. Me como un hariri y un tahín de cordero tan rojo como mi furia. Vuelvo al hotel a aplicarme la crema y las tiritas. Luego espero… y espero… y espero.

Estoy listo a las cinco de la tarde. Me siento recompuesto e hidratado. Con la piel regenerada y los pies de puta madre. A estas alturas el lector se preguntará cuál es el objeto de mi venganza, cómo se me ocurrió y en qué consiste. El precio de las tiritas me remitió al origen de mis sentimientos cabreados. Tal como el origen de Atrocitus tiene que ver con el origen de su sector. En mi caso personal, son mis pies. Me duelen. Me duelen porque nunca pido taxis. Nunca pido taxis porque esos cerotes me estafaron desde que llegué. Me estafaron porque soy demasiado bueno. Ergo, un hueco para regatear. Quizá siempre lo sea. Pero al menos hoy será distinto. Los venceré en su propio juego. Y si acaban llamándome un maricón para regatear después de esta tarde, ¡es porque les voy a poner viendo para Sudáfrica y les voy a dar por culo a todos!




Maquiné toda mi estrategia, el dinero que llevo y a lo que estaría dispuesto a llegar. Aprovechando que mi amiga Carmen me había pedido un souvenir de Marrakech, decido matar dos pájaros de un tiro calibre tres pares de cojones. Necesito tener claro el objeto de mi compra. Tengo pensado un perfume. Sencillamente para exorcizar la humillación hija de puta que se impregna a mi honor.

Camino desde el Hotel a la Plaza Jamaa el Fna como de costumbre. El atardecer se muestra a mi favor regalándome sombra por el costado derecho del trayecto. Aún así, sigue habiendo un calor de la gran puta. Mis pies, incluso recompuestos, empiezan a dolerme a la mitad del trayecto. Ese día no hubiera tenido problema pidiendo un taxi. Ningún taxista se atrevería a estafarme ese día. Que lo intente algún malparido de mierda. En el fondo lo deseo. Pero quiero reservarme. Canalizar mi rabia hacia el sitio indicado. Esa es la diferencia entre ira y venganza; la primera, un impuso rabioso; la segunda, rabia racional. Movilizada hacia el mayor sentido. ¡Sentido de cojones! Además, mi cabreo me ha vuelto tan osado que siento que puedo caminar descalzo sobre fuego. De hecho, mi plan inicial era una bomba suicida en la plaza. Cerca de los taxistas gilipollas. Pero me enteré que ya lo había hecho alguien más. Y hay que ser original. En vida y muerte.




Entro en la plaza mercenaria de Marrakech a paso rápido. Como un misil cuyas coordenadas estaban programadas para cargarse el puto mundo. Ya tenía pensados los vendedores que iba a retar. Se encuentran en la parte norte con puestos en el suelo debajo de sombrillas. Pude haber ido a los zocos, pero también reconozco mis limitaciones para regatear en francés. Antes de salir, ya había practicado las palabras clave para mi estrategia. Debido a que no traje mi grabadora digital por motivos del calor y el crimen, haré el mayor esfuerzo por retratar y traducir del francés los hechos tal y como pasaron:

Me acerco al primer puesto que encuentro. El primer vendedor moreno con barba y chilaba azul me ve enseguida y dice:

-¿Buscas algo en especial?

-Un perfume- respondo recogiendo una botella pequeña que llama mi atención.

-Son esencias aromáticas.

-Sigue siendo un perfume para mí.

Se ríe de mi comentario y agrega:

-Creo que tengo algo que pueda interesarte más.

-Quiero esto- enfatizo con seguridad-. ¿Cuánto es?

-Cuesta sesenta dírhams.

-¡Sesenta! Venga, hombre. Parezco turista pero no lo soy. Treinta.

-Sesenta, amigo. ¿De dónde eres tú?

-Treinta.

-Por treinta puedo ofrecerte otra cosa.

-¿Sabes qué? Doy una vuelta y vuelvo.

-De acuerdo.

-Gracias.      

Normalmente hubiera dado una vuelta ficticia para no ofender al vendedor. Pero siento cómo me estafa detrás de esa amabilidad pajera. Por lo que decido ir al puesto de la par y, recogiendo la misma del otro, le pregunto:

-¿A cuánto?

-Sesenta- me responde el segundo vendedor calvo de chilaba blanca.

-¿En serio? Tu colega me ofrece lo mismo. Treinta.

-Sesenta, sesenta.

-Que sepas que si no me lo vendes a treinta, se lo voy a comprar a él por sesenta.

-Cuesta sesenta.

Justo entonces, recuerdo que los vendedores callejeros fijan los precios como en cualquier economía. Incluso en un sitio tan mercenario como Marrakech. Y uno no le metería la verga a otro hasta después de hacer la venta. El primer vendedor estaba al tanto de todo. Aunque mantenga esa actitud que se la trae floja. El segundo vendedor es más seco que el primero y ni siquiera le digo que me lo pensaría o volvería. Me detengo ante el tercer vendedor. Más joven, ojos claros y una túnica del mismo color que el segundo.  Los primeros dos soplapollas asumen que voy a hacer lo mismo. Pero sorprendo a ambos cuando pregunto:

-¿Qué tienes que cueste treinta dírhams?

Me muestra una cajita sin darme mucho crédito. Como si fuera un turista hueco sin criterio. No comprendo muy bien lo que me ha dado ni lo que lleva dentro. Y me pela la verga. Obviando el presente misterioso, le digo:

-Te doy sesenta por esto y el perfume.

Se lo piensa unos momentos y me responde:

-De acuerdo.

De aquí, la polla en verso de mi plan, pues, sé que el contenido de la cajita no podía valer más que unos cuantos dírhams. Con lo cual pretende venderme el perfume al mismo precio. En su mente, no está infringiendo el código del mercado. Pero los otros vendedores no están de acuerdo. El primer vendedor empieza a cagarse en la madre de otro marroquí a lo lejos mientras que el segundo discute en árabe con el tercero. Por lo visto, los vendedores más jóvenes tienen un supervisor adulto merodeando en la oscuridad de los zocos. Me parece evidente cuando llega éste a gritarle al último vendedor. 

Sin intentarlo mucho, había generado un follón en esa sección de Jamaa el Fna. Me voy con una media sonrisa sin comprar el perfume o la cajita. Ninguno del grupo me sigue o me llama la atención. Una parte de mi se siente insatisfecha. Pese a haber sembrado la discordia entre los vendedores, no había conseguido regatear o comprar el perfume que quería. Para mi sorpresa, llega a buscarme otro vendedor. También con chilaba blanca y con sombrero. El mercenario hijo de puta estaba enterado de todo lo que sucedió desde el momento cero. Me ofrece una especie de jabón. Algo que, según él, tiene los mismos efectos que el perfume.

-Te lo vendo a sesenta- dice el cuarto vendedor alejándome incluso más de la zona de conflicto.

-Quería un perfume- señalo con una voz cortante.

-Es un perfume, amigo. Saca  la mano.

Hago como me dice. Frota un poco sobre mi palma. Huelo el sitio donde me lo aplicó. Tiene una fragancia paradisíaca.

-No pienso pagar más de treinta- enfatizo con redundancia.

-Como tú quieras- me responde sin ansia de regatear-. Treinta, entonces.

Le pago la cantidad justa con velocidad. Intenta venderme más cosas pero me mantengo firme. Le agradezco por el perfume y me voy a paso rápido. Tengo que tirar fuerte de mi brazo para que me suelte. Con el perfume sólido en mi bolsillo y fuera de la Plaza, me detengo en una terraza en la vuelta. Me pido un té marroquí  y saco el símbolo de mi triunfo. Esnifo el aroma con la llegada del atardecer. ¡He aquí el perfume de Carmen! ¡La fragancia de la venganza! 

Enlaces:

Atrocitus wiki: http://fichapersonajedc.blogspot.com.es/2011/03/atrocitus.html
Frases de venganza: http://www.literato.es/frases_de_venganza/
La ira: http://edant.clarin.com/suplementos/cultura/2005/08/27/u-1041206.htm

viernes, 15 de junio de 2012

LAS NOCHES MÁS OSCURAS DE MARRAKECH III

PREMISA: Estuve en Marrakech siete días en agosto del 2011. A cada día corresponde una camiseta de un Cuerpo de Linternas en acorde a la primera emoción que sentía por la mañana. Luego emprendí en rutas turísticas determinadas intentando conservar y explotar la emoción que tocaba. Enfatizo que ninguna de las camisetas fue preseleccionada. Lo que sentía ese día, vestía.  Eran meras pautas para condicionar mi dialéctica e interacción con la gente de una manera u otra. A nivel personal, era una búsqueda por encontrar mi emoción en el Espectro Emocional. Tenía seis camisetas y vestí la emoción ganadora en mi retorno el séptimo día. Ah… y otra cosa… como el mismo nombre implica, mis noches fueron demasiado oscuras para ser contadas. Con lo cual, la narración será de la aurora al crepúsculo. Lo que hice por las noches, me lo llevo a la tumba... 

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MIÉRCOLES: EL SULTÁN NARANJA

Qué locura… ¿cuánto dinero me habré gastado anoche? Es lo que tiene perder el amor, la compasión y la esperanza.  Auto-destrucción. Me percato que gastar dinero es otra forma de morir. Desde el punto de vista del darwinismo social, la pobreza equivale a la extinción. Tengo que apretarme el cinturón un poco. Sobre todo para ir a la parte más mercenaria de Marrakech: la Plaza Jamaa el Fna.

Decido caminar nuevamente. Esta vez no es por esperanza, conocimiento o heroísmo. Sencillamente no quiero gastarme más dinero. Visto la camiseta naranja de la avaricia y me coloco la chilaba encima. Pese que ayer se trataba de un simbolismo allegado a Superman y las kriptonitas, encuentro uno mejor esta mañana: La Noche más Oscura. Tiene todos los colores del Espectro Emocional. Salvo dos. El amarillo y el rojo. Uno de ellos ya lo había vestido y el otro estaba pendiente de percibir. No sé qué significa su ausencia en la chilaba y qué pasará si la visto con un color que no aparece en ella. El hecho es que no lo podía saber hasta sentirlo y vestirlo.

Salgo del hotel a las nueve de la mañana. Camino por la Avenida Mohammed V (ayer transité la avenida Mohammed VI). El hábito de caminar se me da fácil. Aunque tampoco implica que es cerca. Camino y camino. Cruzando calles al estilo marroquí. Da igual que haya semáforo o vía libre para el peatón. Se atraviesa viendo a la izquierda, avanzando hasta el centro, viendo hacia la derecha y cruzando hasta la otra acera. Hay que ser muy cauteloso al cruzar cualquier calle. Incluso en las pequeñas te sorprendende una moto o un ciclomotor.

Alcanzo la Plaza 16 de Noviembre y descubro un ambiente más turístico. En realidad, franquicias americanas como McDonalds, Pizza Hut y KFC. Empiezo a imaginarme la Plaza Jamaa el Fna como otro producto de las multinacionales y la globalización. No tardo mucho en llegar a las murallas de la Medina. Me adentro en el casco viejo. Sigo andando hasta encontrarme con la Mezquita de la Koutubia. Un esplendor arquitectónico para mí. Estoy demasiado acostumbrado a ver iglesias cristianas. No obstante, me llamaron más la atención los jardines anexos a la misma. Doy la vuelta a toda la obra musulmana hasta dar con ellos. Aprovecho para descansar de mi largo viaje a la sombra. Desde entonces, ya me vienen acosando tres marroquíes. Un aguador, un mendigo y un astuto que desea sacarse algo con su amabilidad. Ya tengo la voluntad para rechazarlos a todos. Curiosamente, todos aceptan mis negativas y no son insistentes. Pero no es eso lo que me preocupa.


En mi estancia hasta ahora, me percato que tres cuartos de la gente a la que había pagado nunca me da cambio. Cuando lo solicitaba, siempre me venían con una excusa; la propina, no tengo, es el precio del aeropuerto, etc. Me irrita. Saber que me están quitando mi dinero. Antes de salir esta mañana, había estudiado cada moneda de dírham para no sentirme tentado a pagar con billetes por pereza. Se clasifican en monedas de diez, cinco, uno, medio (o cincuenta) y veinte. No sé si siguen bajando a diez, cinco y uno ya que no dispongo de ellos en aquel momento. Pero una cosa tengo clara: no quiero que me estafen más.

Me dispongo a entrar en la famosa Plaza. Mis expectativas y aquello que me imagino es completamente distinto a lo que me encuentro. Ídem, mi experiencia en la Menara. Cuando entras, hay varios taxistas y carros de caballos aparcados. Estos últimos desprenden una peste que me remiten a mi niñez y al zoológico de mi país. Meados y cagadas impregnados en el aire. Es una introducción a lo que vería más adelante. Mi primera impresión cuando entro es de confusión, pues, no sé si me encuentro en el lugar correcto. Me niego a preguntar. Más que todo porque no quiero que me quiten mi dinero por preguntarlo. En mi guía había leído que por la mañana la Plaza está llena de carros de fruta, cuentistas, videntes, encantadores de serpientes, etc. Veo los carros de fruta solamente. Y me imaginaba que serían más. Me pido un zumo de pomelo en uno de los carros. Cuesta diez dírhams según el letrero. Le digo al vendedor en francés:

-Diez dírhams, ¿verdad?... Diez dírhams, ¡verdad!... DIEZ DÍRHAMS, ¿¡VERDAD?!

No me responde y exprime los pomelos sin más. Por desgracia, no tengo los diez dírhams sueltos. Me había comprado una botella de agua con los últimos que disponía en camino a la Medina. Le pago los veinte y no me devuelve nada como de costumbre. Cuando aludo al precio con irritabilidad, ¡me dice que costaba otros diez dírhams exprimirlo! Me bebo el zumo de un trago, resoplo y me voy disgustado. Discrepo varios puestos donde un grupo de marroquíes tocan instrumentos coloquiales. Busco el café más cercano. En realidad, una heladería donde me pido una Coca Cola negociando previamente el precio. Lo vuelvo a repetir tres veces. El camarero que me atiende me pone cara de, “¿Y este loco?” Empiezo a escribir un poco decepcionado. Tomo mi bebida con tranquilidad cuando un hecho a la distancia llama mi atención. Un encantador tocando frenéticamente ante una cobra. El tiempo pasa y me pido otra Coca Cola. También aparece un marroquí con varios macacos. Me entra nostalgia por los personajes de mi novela, Evolucionaria. Me voy de la heladería sin pedir helado. Finalmente me dan el cambio correcto. Ya no hay ninguna duda en mi mente. Estoy en la Plaza Jamaa el Fna.

Ubico la zona famosa de los Zocos. Ni me llama la atención adentrarme en ellos. No tengo interés por comprar algo, gastar dinero o aguantar la pesadez de los vendedores. Opto por ir al sur de la Medina donde se encuentra el único barrio judío. Apenas emprendiendo en este rumbo, percibo varios aromas y la música árabe que había escuchado previamente. Mas esta vez, proviene de las tiendas. Una cantidad descomunal de cintas y CDs a la venta. La peste de la entrada se reemplaza por el olor a especias. Polen aromático buscando flores sin condimento. Los vestuarios musulmanes mezclados con turistas de todo el mundo complementan el aspecto humano del lugar. Lo que me parecía irritante y decepcionante en un principio, resultó ser el ambientador general de un sitio que, a primera impresión, no tiene nada de especial.

Camino hacia el sur por calles sin nombre. Aunque no me haya venturado en los Zocos, noto un ambiente familiar por donde camino. Vendedores de especias, metales, alfombras, música y pieles. Hay un momento que incluso atravieso una calle dedicada completamente a la venta de accesorios para vehículos. Me percato que Marrakech mantiene el aspecto gremial de la Edad Media. Lo más importante a nivel personal es que ya no siento ninguna especie de miedo a los árabes. Incluso sintiéndome perdido y sin turistas como en aquellos momentos. Se lo debía a mis noches…

Por fortuna, la Puerta de Bab Ag-Nou me vuelve a ubicar en el mapa. Contemplo la Mezquita de la Kasbah y me tomo unos segundos para descansar en la sombra. Justo entonces, se me acerca una mujer marroquí en una moto a preguntarme sobre las Tumbas Saadíes. Le confieso que es uno de mis destinos. Percibe mi desconfianza y me asegura que no es una guía falsa. Me orienta hacia las mismas y se va sin pedirme nada. Me adentro en el callejón oculto que me señala y la vuelvo a ver guiando a otros turistas. Es obvio que trabaja para el sitio. Sobre todo por haberme dicho que era gratuito y costaba diez dírhams. Lo pago con cierto resquemor y accedo a las tumbas.


El sitio es pequeño pero muy interesante. Aparte del detalle minucioso de la arquitectura musulmana, lo que más llama mi atención es la temperatura del ambiente. No se permite la entrada directa. Pero hay una especie de balcón invertido hacia dentro donde se pueden contemplar las tumbas. La climatización en el interior es incluso más agradable que el aire acondicionado de mi hotel. En ese momento, siento el primer presagio a la Noche Más Oscura. Sencillamente, encuentro serenidad en el clima de la muerte.


Mi siguiente objetivo es el Palacio de Bahía. Mas, por las dialéctica de la aventura, derivo en el Palacio Badí por accidente. ¡Y qué accidente más maravilloso! La entrada cuesta diez dírhams como de costumbre. Esta vez le saco al dependiente el cambio exacto. Otro dependiente me mira mientras cuento. Le sonrío. Es medio día y el sol desértico me empieza a afectar. Comprendo finalmente la moda árabe y por qué la mayor parte de los vestuarios cubren el cuerpo entero. Concretamente, la nuca. Percatándome que el Palacio Badí no dispone de ningún tipo de sombra, me quito la chilaba y la camiseta en un espacio discreto. Ato la segunda a mi cabeza. Mi nueva apariencia árabe me refresca. Aunque no caigo en que ahora tengo la avaricia en la mente. Y empieza todo con la vista panorámica del Palacio. Estando ahí arriba, no me lo puedo creer. Es de los pocos momentos de mi vida donde realmente deseo una cámara. Hasta ese momento, no me había sorprendido nada. Sería un recuerdo archivado en mi memoria para toda mi vida. Pero no es suficiente. Quiero que sea… que sea... míooooooooooo. Me siento poseído por un egoísmo exagerado. Bajo a la estructura central. A pocos pasos de salir, me tropiezo con una PIEDRA. En realidad un fragmento antiguo del piso que desencajo del suelo por accidente.

-Tendrás que pagar 5 millones de dólares- bromea un turista americano.

-¡Te lo has cargado!- me mofa una turista española.

-Debería quedármelo- respondo con cinismo.

-Sí- agrega la última-, deberías.

Ni siquiera me lo pienso. En cuanto la muchedumbre turista se escapa de mi vista, meto la PIEDRA en mi bolsillo. Es tan negra como la Noche. Una mezcla entre un azulejo y la consistencia del ónix. Contemplo el resto de la magnificencia arquitectónica con felicidad. Como si tuviera el poder del Palacio en la palma de mi mano. Pero me abate un remordimiento profundo más adelante. Un gato negro. Mi única superstición. Tuve una mala experiencia en Francia con uno que me cruzó el paso. Pero éste sólo acecha las ruinas en paralelo. Una advertencia por si me llevo aquella... PIEDRA. La que no pienso devolver. ¡Es mía, Mía, MÍA, MÍAAAAAAAAAAAAA!!!!!!

Accedo a las ruinas en sentido contrario a la entrada. Sigo disfrutado del esplendor que siento poseer. Soy un sultán. Es mi Palacio. Y toda la gente que entra son mi propiedad. Esclavos de mi voluntad. ¡MÍOS! Mi sueño se ve interrumpido por un coro de musulmanes que empiezo a escuchar en los alrededores. Tan potente que parece repercutir en el mundo entero y todas las galaxias hasta mi PLANETA Okaara. No sé si es por el Ramadán, las oraciones musulmanas tradicionales o mi delirio de grandeza, mas pronto un megáfono dentro del Palacio amplifica el coro. Trastocando el anterior a un segundo plano. En aquel estrecho pasillo donde puedo visualizar el megáfono, interpreto que el Palacio mismo me advierte que no puedo llevarme la piedra. Decido ceder a los simbolismos y la devuelvo su sitio. Sobre todo porque realmente quiero el PALACIO.



Regreso a la Plaza Jamaa el Fna a comerme un cous cous. Mientras saboreo aquel plato, me viene la anagnórisis. El ambiente de Marruecos me ha poseído culturalmente. Sin darme cuenta siquiera. Visto como árabe, me alimento como un árabe y veo el mundo como un árabe. Incluso la Plaza que antes despreciaba me parece algo familiar y acogedor. Por un instante, me siento como otro marroquí. Eso o simplemente quiero poseer el espíritu mismo de MARRAKECH.

El regreso a la Guéliz no es igual que la ida. El sol ruge con toda su furia y mis pies me duelen de tanto andar. Mi avaricia no me abandona. Y me niego a pedir un taxi. Me detengo en cada sombra que encuentro. Bebo agua y me la echo en la cabeza. Recreando un oasis urbano… y tacaño. Siento que voy a morir. Pero prefiero la muerte que gastarme otra MONEDA. Aguanto, camino y persevero. Llego a mi hotel. Dejo mis cosas y me voy directo a la piscina. Hay cinco mujeres solas tomando el sol. Pero estando en la piscina, me entero que tengo BILLETES en el bolsillo. Me importa más subir a secarlos a mi habitación. No es de extrañar que hay veces que el lavado de dinero es más importante que el sexo casual.

Llega la tarde y salgo a comer. Me entero más sobre el Ramadán. Entiendo que se rompe a la una durante el día y a las ocho durante la noche. Son las siete y no quiero esperar. Camino hasta la Plaza 16 de Noviembre para poder comer. Por lo visto, el Ramadán no se aplica a McDonalds. Empiezo a fumar en el camino. Me percato que no tengo mis llaves del hotel. Pero sé que hay siempre alguien en recepción. Intento obviar este descuido con una curiosidad del mismo tabaco. Lo compré en la Plaza Jamaa el Fna tras abrir mi CARTERA con alicates. La marca es Marvel. La competencia de DC en el mundo de los comics. “Qué ironía”, pienso. Aunque me hace más gracia la publicidad que puede hacerse para la marca. “Fumar puede matar… salvo si eres un superhéroe. Cigarrillos Marvel”. Me río solo. No me importa la gente de mis alrededores. Marroquíes o turistas. Me como mi hamburguesa con tranquilidad hasta el crepúsculo. Decido sacar dinero como última tarea del día. Pero cuando llego al cajero, lo inesperado… ¡se queda con mi TARJETA! Y se hace de noche...



Enlaces:

Larfleeze wiki: http://es.wikipedia.org/wiki/Larfleeze
Frases sobre avaricia: http://www.citasyproverbios.com/citas.aspx?tema=Avaricia
La avaricia: http://nodulo.org/ec/2004/n028p03.htm
El Palacio Badí: http://www.mundocity.com/africa/marrakech/palacio-badi.html

viernes, 8 de junio de 2012

LAS NOCHES MÁS OSCURAS DE MARRAKECH II

PREMISA: Me hice camisetas con el color y símbolo de cada Cuerpo salvo los Blue Lanterns, las Star Sapphires, la Indigo Tribe y los White Lanterns. Para ser sincero, se me ocurrió la anacrónica después de hacerlas. Pero improvisé dos vestimentas en el viaje; una que unificaba las primeras tres en un invitado especial y una vestimenta coloquial que me acompañó desde el comienzo para el cuarto Cuerpo. Estuve en Marrakech siete días. A cada día corresponde una camiseta de un Cuerpo de Linternas en acorde a la primera emoción que sentía por la mañana. Luego emprendí en rutas turísticas determinadas intentando conservar y explotar la emoción que tocaba. Enfatizo que ninguna de las camisetas fue preseleccionada. Lo que sentía ese día, vestía. Eran meras pautas para condicionar mi dialéctica e interacción con la gente de una manera u otra. A nivel personal, era una búsqueda por encontrar mi emoción en el Espectro Emocional. Tenía seis camisetas y vestí la emoción ganadora en mi retorno el séptimo día. Ah… y otra cosa… como el mismo nombre implica, mis noches fueron demasiado oscuras para ser contadas. Con lo cual, la narraciones fueron de la aurora al crepúsculo.  Lo que hice por las noches, me lo llevo a la tumba… 

Haz click aquí para leer la introducción completa.

Haz click aquí para leer el capítulo anterior.


MARTES: SUPERMARROQUÍ

Me sorprendo a mí mismo a veces. Las maldades de las que soy capaz. No siempre he sido así. Soy una buena persona. Desde niño. Creyente en los altos valores que a día de hoy se menosprecian.  Pero va unido a la frase en Batman: El Retorno del Caballero Oscuro. La película; no el comic. La parte donde Harvey Dent dice: “Mueres un héroe o vives lo suficiente para ver cómo te transformas en villano”. Es verdad. No creo que haya dejado de ser la buena persona que soy. Sencillamente uno sufre demasiado y acaba sucumbiendo a la indiferencia por sobrevivir. Y la indiferencia no es otra cosa que el mal.  Anoche lo confirmé…

Casi no he dormido. Me vino como un golpe al pecho aquello de lo que me escapaba. Aquella(s) de la(s) que me escapaba. A nivel individual y universal. Siempre la misma historia. Sueño a menudo con el mundo que hubiera tenido. Con la última, con la primera… aquellos amores perdidos. Donde colocas mal una carta y se derrumba el castillo de naipes. Tan perfecto y frágil a la vez… el amor. Ya de nada sirve. Sea correspondido o no. Un final Casablanca. Ella viajando hacia una dirección y yo en la dirección contraria. Ella con alguien y yo sin nadie. Mi destino es, por tanto, el desamor.

Me medico al poco tiempo. Escucho una voz en mi interior que me dice, “Todo va a estar bien… todo va a estar bien”. Pero me sigo atormentando a mí mismo. Todos los momentos desaprovechados. Empecé siendo un hombre normal. De los que busca la felicidad. Ahora no sólo creo que no pueda sucederle a alguien como yo, sino que declaro sinceramente que no existe dicho concepto. Es un ideal. Violado en la realidad. Vuelto corriente y obsoleto en cuanto se posee. Y en esa dialéctica infernal, sólo un ideal puede sobrevivir. La Esperanza. Me tomo otra pastilla y digo en voz alta, “Todo estará bien… todo estará bien”.

Mi remordimiento como villano me hizo ver que debía expresar mi naturaleza auténtica: la Bondad. Ser compasivo mas conservando el carácter fuerte que retoza en mi pecho. Esta combinación de emociones me hace recurrir al invitado especial: la camiseta de Superman. Su amor irrefutable por Lois Lane, la imagen de esperanza que da a Metrópolis y la compasión innata en sacrificarse por un mundo que ni siquiera es suyo. Son tales los atributos que la “S” más popular integra. La fusión Violeta, Azul e Índigo del Espectro Emocional. Lo pondría a prueba en mi expedición hacia los Jardines de la Menara.



Decido ir a pie. Ni siquiera por el incidente del taxista. Simplemente siento una gran esperanza en mi corazón. Cada vez que avanzo; cada paso que doy; siento que todo va a estar bien. Mi miedo a los marroquíes es prácticamente nulo. Me siento igual que ellos sin serlo. Después de todo, llevo una camiseta de Superman y dudo que me encuentre Kryptonianos musulmanes. Me siento contento. Pero, al poco tiempo, lamento no disponer de supervelocidad o vuelo. Especialmente porque el trayecto no es tan corto como me espero.

En el mapa parece relativamente cerca. Pero se trata de un trayecto de varios kilómetros. Sólo hago una parada en la ida. El Teatro Real de Marrakech. Desde fuera, presenta una arquitectura digna y admirable. Desde dentro, me entra una gran decepción. Abandonado y putrefacto. Me llama la atención un recorte de periódico que dice que las artes deben ser rescatadas. ¿Es esa mi misión como superhéroe? ¿Superman rescatando la cultura? Sin duda, la temática de la mayoría de mis anacrónicas. La pérdida de valores, la extinción de la virtud y el Apocalipsis… para generalizar. No obstante, esta vez no me siento repugnado por este simbolismo. Me da esperanza lo que voy a encontrar y lo que puedo hacer para enmendarlo.

Después de este pequeño desvío, me empeño en seguir hasta llegar a mi destino. Me pierdo varias veces. Noto la falta de compasión en los marroquíes a quienes pido orientación. Creo que me pierden a propósito. Uno incluso me recomienda que tome un taxi. Camino y camino. De un lado a otro. Me entero que debo seguir recto. Y no anticiparme en los cruces como estaba haciendo. El sol desértico brilla con mayor intensidad. No he comido ni he bebido nada. Pero mi paciencia sigue brillando dentro de mí diciendo, “Si amas algo, lo conseguirás… si ayudas a los demás, te ayudarán… todo estará bien”.

Y así es. Llego a mi destino. Fatigado pero con la moral alta. Hay camellos en la entrada. Un marroquí me invita a subir. También un taxista. No sé cuál de los dos apesta más. Me propongo comprar una chilaba para el calor. Soy demasiado blanco para estar en el desierto. Compro una botella de agua en el camino que conduce a mi objetivo. Hay árboles a respectivo lado. Como por arte de telepatía, me llega un vendedor con chilabas. Me pide trescientos dírhams. Regateo y regateo. No baja el precio. Le digo que vuelvo luego. En eso consiste el arte de regatear. Pero todavía no era consciente que estaba por enfrentarme a mis enemigos más despiadados.



Sigo andando hasta llegar a la Menara. La imagen me parece decepcionante según mis expectativas y el largo trayecto que había hecho. Consiste de un pabellón y una alberca. Me imaginaba las aguas azules y cristalinas. Como la foto de mi guía. En la realidad son marrones y oscuras. Por lo visto, el efecto-photoshop también se aplica a la arquitectura. El calor excesivo me hace buscar la sombra detrás de los escalones opuestos al pabellón. Que, por cierto, tampoco me conmueve en lo más mínimo. Bebo agua y descanso a la vista de numerosos olivos. Siempre los asocié con Atenea. Ergo, la Sabiduría. Contemplo el simbolismo apocalíptico. Está desierto el desierto de olivos. Sabiduría desertada. ¿Es que el sentido de mi vida sólo tiene que ver con señalar todo lo que se ha perdido? ¿Se puede tener esperanza en un bosque cuando inevitablemente se convertirá en desierto?

Me levanto y completo la vuelta hasta el pabellón. Cuesta diez dírhams la entrada. Decido pagarlo para que mi viaje tenga mayor sentido. Aparte de la chilaba que estoy dispuesto a comprar. Pago veinte y se quedan con el resto. Me dicen que no tienen cambio. Cada vez desconfío más de la fijación de precios en Marruecos. Se me pasa al poco tiempo cuando salgo frente a la alberca y me siento bajo una sombra más fresca. Empiezo a leer mi guía. Me entero que los servidores del Sultán solían lanzar a las amantes del gobernador a la alberca para deshacerse de ellas. Me hace reflexionar sobre el amor en general. Las parejas actuales. Cuántas infidelidades y mentiras. Escapadas y reconciliaciones. ¿Es eso amor de verdad? Si lo es, todo el mundo merece estar al fondo de aguas marrones y oscuras. Donde no veía reflejado el pabellón; pese a lo que indica mi guía con tanto optimismo. Lo peor es que cuando se busca el amor auténtico, pasa todo lo contrario. Una maldición representada en amores desaprovechados. Por no decir lo correcto cuando debe decirse. Por decirlo muy temprano. Muy tarde. Años después. El tiempo es el enemigo del amor. Y soy el dios del tiempo…

Mi momento de desamor misántropo se ve interrumpido por otro árabe. Me recomienda que suba al techo. Asiento pese a encontrarme refrescado bajo la sombra. Me pide mi ticket de la entrada. Le digo que no me lo dieron (omitiendo que encima me habían cobrado de más). El marroquí es mayor y amable. Me dice que no importa y me empieza a dar mucha información sobre Marrakech sin que se la pida. Parece que no busca un interés particular por nada. Su compasión pura me reconforta. Hasta que me saca la mano. Pidiendo propina, limosna o algo por la caridad de darme información que ya tengo en mi guía. Le doy dos dírhams negando con la cabeza. ¿En esto consiste el mundo? ¿Ser bondadoso a cambio de algún provecho personal? Ya consideraba la compasión humana como una virtud extinta. Mas ahora pienso, ¿habrá existido realmente?


Me vuelvo a encontrar con el mismo vendedor de la chilaba en la salida. Doomsday. Es insistente con los trescientos dírhams. Le da igual lo que le digo por regatear; que me iba, que ya no estaba interesado, que se lo compraba a otro a menor precio. “300, 300, 300”, me repite en francés. Otro vendedor cercano, Braniac, me pide lo mismo. Al final me rindo y le doy a Doomsday lo que me solicita. En el momento que el dinero toca su mano, otros dos vendedores salen de los bosques adyacentes como chachales: Bizarro y Lex Luthor. El primero quiere venderme una camiseta de “I Love Marruecos” al mismo precio. Por mi gran afición a ser turista, rechazo su oferta. Una y otra vez… una y otra vez. Tras deshacerme de éste, Brainiac dice ahora que me deja las chilabas a 250. Luthor me ofrece dos chilabas por 220. El que más juega conmigo. Mi némesis. Lástima que no vino antes. Aunque dudo que me hubiese ofrecido lo mismo. Descubro que regatear en Marruecos es un arte basado en la competencia. Un árabe no rebaja los precios al menos que le compres a otro. Por más o por menos, daba igual. Es carroña sobre carroña. Uno te muerde la pierna mientras que otro quiere quedarse con tu brazo. Y Luthor no me soltaba el brazo. Literalmente. Susurrándome los precios al oído. Una y otra vez… una y otra vez.


Visto la chilaba en el camino de vuelta. Salí del hotel como Superman y regreso como Clark Kent. Estilo árabe, al menos. La chilaba es blanca y el material al tacto remite a una sensación entre seda y algodón. No dispone de capucha y tiene una costura cerrada hasta la base del cuello. Me llaman la atención numerosas bolitas que se cosen verticalmente sobre el cierre. Dotados de una secuencia de colores que se repite en el siguiente orden: azul, naranja, negro, verde, rosa y blanco. Pero el aspecto más llamativo para los viandantes que me miran, es la transparencia de la chilaba y la “S” de Superman que todavía puede vislumbrarse a través de la misma.

Decido hacer el trayecto de vuelta a pie. Ya me siento más recuperado. Pero para asegurarme, me detengo a comer en un restaurante llamado, “Planet Foods”. Un Planet Hollywood a lo marroquí. Me sorprende que tanto este restaurante como los demás que veo en Hivernage se encuentren vacíos. Como un pueblo fantasma de un Western. Hasta ese momento no había caído que me encuentro en pleno Ramadán; que explicaría lo que me pasó ayer. Me sigue viniendo el mismo simbolismo de siempre. En el propio menú del restaurante donde hay una biografía de varios escritores franceses. ¿El simbolismo? ¡La extinción intelectual!


Termino de comer y sigo andando por el camino que ya había transitado. A unos cuantos metros, me para un marroquí en una moto para extenderme la mano. Me dice en francés que no lo conocía pero él sí me conoce a mí. Del aeropuerto, según él. Me confiesa que ha perdido su documentación. En vísperas de comenzar su larga y trágica historia, lo interrumpo diciendo que no puedo ayudarlo. El marroquí arranca nuevamente sin despedirse o mostrarme expresión alguna. No sabía si creerle o no. Sé lo terrible que puede llegar a ser eso. Pero me siento indiferente y sigo mi curso. 



Cerca del hotel, me detengo en un supermercado por un antojo de dulces árabes y una botella de agua. Me dirijo antes a lo segundo. Mientras elijo una botella, me percato que una de las trabajadoras marroquíes me mira con ojos libidinosos cuando paso por el pasillo que custodia. Tanto de ida como de vuelta. El agua está cerca de su pasillo, mas la pierdo de vista. Se acerca al extremo del mismo. Se detiene a la altura de las mermeladas violetas de hayas de bosque. Mi Zafiro Estelar de Marrakech. Le mantengo la mirada. Ella la baja. Me resulta atractiva. Tanto para enamorarme. No le digo nada. Intento justificarme a mí mismo que es por un problema en el idioma, su religión y mi timidez. Pero la verdad es que no estaba en mí…





Compro los dulces árabes y la botella de agua para salir al poco tiempo. Afuera se me acerca un marroquí joven a pedirme limosna. Le digo con la mano que no. Me sigue. Se lo repito en francés y en árabe con cierta irritabilidad. "Non, non, non; la la la". Hasta que finalmente desiste. Me empieza a dar mucho sueño acercándome al hotel. Como por encanto del condicionamiento clásico de Pavlov. Al entrar, me percato de un detalle muy curioso. Simbolismos que ni siquiera había remarcado. En resumen, mis tres últimos encuentros eran completamente lo opuesto a lo que debía representar. No le di esperanza al árabe en la motocicleta, pasé del amor con la chica del supermercado y no tuve compasión con el joven pordiosero. ¿Será que los colores de mi chilaba representaban todas las variedades de kriptonitas?



Me echo una larga siesta. Cuando despierto, me propongo un último cometido. Con tal de mantener la esencia de Superman y disfrutar de mis vacaciones en conjunto, decido bajar a la piscina del hotel para darme un baño y broncearme. Después de todo, Superman obtiene su fuerza del sol amarillo de la Tierra.  Esto es porque su planeta Krypton se ubicaba en un Sistema Solar con un sol rojo; la estrella más grande de todas. Su viaje a la Tierra aumentó su densidad molecular para dotarlo con superpoderes. Digo esto para quienes creen que Superman tiene sus poderes sólo por ser un alienígena. Mientras alterno chapuzones y rayos solares, llego a la conclusión que mi fracaso en esta fase del Espectro Emocional es muy sencilla. He vuelto como todo lo que criticaba estando en Hivernage. Fui como un superhombre y volví como un hombre corriente. De Superman a Clark Kent. Para los religiosos, mi parte divina desapareció ese día. Para los ateos, el superhombre murió en la Menara. Espero que la poca luz que queda de la tarde me devuelva mi amor, mi esperanza y mi compasión. Si no lo hace el sol del desierto, nada lo hará…

viernes, 1 de junio de 2012

LAS NOCHES MÁS OSCURAS DE MARRAKECH I


PREMISA: Estuve en Marrakech siete días en agosto del 2011. A cada día corresponde una camiseta de un Cuerpo de Linternas en acorde a la primera emoción que sentía por la mañana. Luego emprendí en rutas turísticas determinadas intentando conservar y explotar la emoción que tocaba. Enfatizo que ninguna de las camisetas fue preseleccionada. Lo que sentía ese día, vestía.  Eran meras pautas para condicionar mi dialéctica e interacción con la gente de una manera u otra. A nivel personal, era una búsqueda por encontrar mi emoción en el Espectro Emocional. Tenía seis camisetas y vestí la emoción ganadora en mi retorno el séptimo día. Ah… y otra cosa… como el mismo nombre implica, mis noches fueron demasiado oscuras para ser contadas. Con lo cual, la narración será de la aurora al crepúsculo.  Lo que hice por las noches, me lo llevo a la tumba... 

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LUNES: EL PODER DEL MIEDO 

Me despierto a las cinco de la mañana.  Mi vuelo no sale hasta las diez. “El horror el horror”, me digo a mí mismo como Marlon Brando en Apocalypse Now. Me había emborrachado el viernes. Mis resacas suelen durarme dos o tres días según lo que beba. El hecho es que la llamada “resaca de lunes” es siempre la misma. El Miedo. Un terror que acomete todos mis miembros y me impide salir de la cama para enfrentarme al mundo.  Durante la época de estudios, rara vez iba a la Universidad un lunes. Con antecedentes alcohólicos, digo. Mas ahora no tengo opción.

Me levanto y me voy a duchar. Espero que el agua, antítesis del alcohol, pueda borrar el terror que llevo en el cuerpo. Me medico por mi condición.  Había empacado varias pastillas. Por si yendo al sur perdía el norte.  Nunca se sabe.  También Imodium y Pepto Bismol. Tengo mucha náusea. No sé si por la resaca o por los nervios. Me voy a Marrakech solo desde Madrid. Qué miedo siento. Visto la camiseta amarilla de Sinestro Corps.

Me dirijo al metro. Iba muy bien de tiempo. Me había levantado una hora antes de los previsto. Me alegro que el horror incremente mi puntualidad. Por desgracia, ser puntual no elimina mi pavura. No dejo de pensar en la decisión impulsiva que he tomado. Como si intento escaparme de algo. Irónicamente, mi cobardía me condujo al miedo que siento en estos momentos. ¿Marrakech? ¿Ir al desierto en pleno mes de agosto? ¿En el auge de todas las revoluciones afrancesadas del mundo árabe? ¡Solo! Debo estar perdiendo la mente. Al menos llevo mucha medicación.

En el aeropuerto facturo con tiempo de sobra.  No llevo mucho equipaje en realidad. Sólo dos mochilas con las camisetas del Espectro Emocional, un bañador, una pantaloneta, cuadernos, un cómic de Batman y tabaco. En lo que lo último respecta, salgo a fumar tras conseguir mi billete. Error. Sólo multiplica el miedo. Paso los controles y me dirijo a uno de los cafés del aeropuerto. Los precios son desorbitantes. Pero necesito comer. Eliminar el alcohol completamente de mi sistema. Pienso un momento incluso quitarme  la resaca con más alcohol. “Regular el pH”, como diría mi amigo Alberto García Crego. Algo que no puedo hacer. Puesto que he sido elegido para inspirar un gran miedo. Y no tengo ni idea por qué. Me pido un café, un zumo de naranja y un pincho de tortilla española. Casi ocho euros en total. ¡Vaya estafa! Me da igual al poco tiempo. Estoy muy débil. Físicamente y psicológicamente. Ni siquiera tengo las energías para protestar. Devoro mi comida de oro en cuestión de segundos y me dirijo a la puerta de embarque.

Todavía dispongo de mucho tiempo. Y opto por leer. Batman: El Retorno del Caballero Oscuro. En aquellos momentos, me parece relevante haber elegido ese cómic para este viaje. Batman es, después de todo, el superhéroe cuyo poder se estriba en inspirar miedo en el corazón de los criminales. Incluso fue poseído por un anillo amarillo en la fase inicial de la guerra Sinestro Corps. Me percato, entonces, que mi objetivo de este día es invertir el miedo que sentía hacia fuera. ¿Cómo a inspirar a otros lo que sientes y dejar de sentirlo tú mismo? ¿Me hacía falta un disfraz de algún tipo? Batman le tenía miedo a los murciélagos y personificó ese miedo para proyectarlo hacia fuera. Pero mi caso era más abstracto. Ni siquiera sé lo que temo. Como si se tratara del Miedo Puro. Innato contaminado Poseído sometido a la Entidad  viviendo



Cuando entro en el avión, me dejan sentarme en cualquier asiento. Como es mi costumbre antisocial, me dirijo a la parte trasera.  En la ventana con la esperanza de ver el desierto. El avión comienza a llenarse. Los dos asientos a mi izquierda permanecen desocupados. No puedo estar más contento. Hasta que llega el azafato a preguntarme si me importaba sentarme en la salida de emergencia. No es una orden. Me da la opción sencillamente. Me dice que necesita dos personas y falta sólo una. Accedo sin pensármelo detenidamente. Mientras me levanto recuerdo lo absurdo que me parece el tema de seguridad en los aviones. En la película del Club de la Lucha (Fight Club) lo llaman “la ilusión de seguridad”. Cuando llego a la susodicha salida de emergencia, me azota la ironía que la otra persona responsable de nuestra seguridad está dormida. Ni siquiera se levanta para dejarme pasar a la ventana. Cerca del ala donde ya no puedo ver el desierto.

Mientras me siento y me maldigo por obedecer, no dejo de pensar en la guía de Marrakech que había comprado  para el viaje. ¿La dejé en el otro asiento? ¿O lo guardé en mi mochila antes de meterla en el compartimiento superior? La Bella Durmiente me impide mi cometido. Lo puedo despertar, pero no me atrevo. Me siento débil y sin voluntad. El miedo crece en mi pecho. Sin la guía estoy perdido. Sigo sin el valor para despertarlo. No comprendo como debo inspirar miedo todavía. Lo contrario sería ser valiente. No es lo mismo. ¿Cómo lo hago? Opto por la apatía y decido confirmarlo después. Empieza a darme mucha hambre. Y tiene su razón de ser. Hablando desde la psicología.

Cuando viví en Francia, la primera familia que me acogió acabó odiándome. Sobre todo la madre. Nunca le mostré lo que se esperaba de mí. Como consecuencia, me hacía sentirme mal durante cada comida. Fui a un programa de intercambio para trabajar en el campo. La madre nunca me daba faena. Sencillamente me quería como una especie de mascota para llenar el vacío de su retraso sentimental. Fracasé como individualista. A la hora de las comidas, me preguntaba siempre qué había hecho. Para probar si era digno de la comida que me ofrecía. Llegó al punto que ni siquiera me ponía un plato. Aparte de la presión que tenía para trabajar y merecer un puesto en su mesa, sentía miedo cada vez que iba a comer. Con el tiempo me condicioné a sentir ambas cosas a la vez. Sentía miedo cuando tenía hambre y me daba hambre cuando tenía miedo. No logré superarlo del todo.

Los precios en el avión son igual de exagerados que en el aeropuerto. Me gasto otros siete euros en un bocadillo, una Pepsi y unas patatas. Reduzco mi miedo pero no lo elimino. Me reconforta encontrar mi guía en la mochila al aterrizar en Marrakech. El vuelo duró alrededor de dos horas. En mi mente fue una eternidad. Afortunadamente no tengo problema alguno pasando por la aduana y encontrando mi otra mochila. Cambio veinte euros a dírhams para el taxi. Mi guía dice que los taxistas suelen a estafar a los turistas en el aeropuerto (dónde no). Un amigo del trabajo ya me había advertido que no podían cobrarme más de diez dírhams. Estoy determinado a negociar el precio. Pero cuando salgo fuera, me encuentro con algo inesperado.

Todos los taxistas están juntos. Aparcados en filas y reunidos en un gran grupo como hienas. ¿Las presas? Los turistas que salen. Me da la sensación que sólo me ven a . Siento sus miradas. Empiezo a fumar. Me tiembla la mano. Nuevamente, no sé si por la resaca o el miedo. Los taxistas están conspirando ya en mi contra. Lo sé. Mientras más disimulo mi indiferencia, más siento que me miran.  Me percato que hay una zona específica donde debo fumar. Una especie de jaula de canarios esférica. No me encuentro en ella. Otra razón para que todos los taxistas fijaran sus miradas en .  Como una gacela herida y de poca edad que a penas puede caminar. La nicotina aumenta mi paranoia. Siento que no puedo respirar. Me movilizo al área de fumadores con los demás turistas. Más próximo a los taxistas. Intento distraerme en la otra gente de mi rebaño. Pero sus risas me atormentan. Sé que los taxistas sólo me ven a mí. El turista ingenuo que vino solo. Mi cigarro se consume proporcionalmente a mi ansiedad. Ya no tengo más opciones. Y no dejo de pensar en lo que puede llegar a pasarme…

Me acerco a las hienas. Siento mi corazón latiendo. Hasta que veo que ninguno se ofrece a llevarme. Intento elegir al que parece menos vicioso. Pero se me olvida que trato con una manada y me redirige a otro. Pregunto cuanto cuesta ir a mi hotel. Me pide lo mismo que he cambiado. Doscientos diez dírhams. Intento regatear pero tartamudeo en el intento. Me responde que es precio del aeropuerto. No tengo voluntad para discutir. Sé que miente. Pero ya sólo quiero llegar a mi hotel. Durante el camino intenta hacer conversación conmigo. Es muy amable. Aunque me consume por dentro el conocimiento que me haya estafado. Lo dejo pasar. Le respondo en ocasiones. Mas no dejaba de ser una hiena para mí. Llegamos a mi destino y le doy lo acordado.

No tengo problemas para alojarme. Mis reservaciones están correctas y mi habitación está decente. Incluso tengo aire acondicionado. Aún así, siento que el clima de Marrakech está más fresco que en Madrid. Salgo nuevamente a cambiar euros en el banco de la par. Hubo otro dato que acaecía mi voluntad ausente en esos momentos. Un marroquí se me cuela en la fila. El dependiente me pregunta en francés si estaba antes que yo.  Le respondo con un “no” rotundo. Pero el hombre asegura que sí sin dar crédito a mi comentario. Nuevamente decido ceder.

Vuelvo al hotel a dormir. Ya no quiero saber nada de Marrakech ese día. Pienso darme una pequeña siesta. Pero me levanto cuatro horas después. Con menos temor que antes, decido explorar mis inmediatos alrededores. Me llaman la atención varias cosas. El color rojo de la ciudad, la ausencia de nombres en las calles y la cantidad de musulmanes en todos lados. Algunos pasan completamente de mí y otros se me quedan mirando. Voy perdiendo el miedo a los marroquíes a la media hora. Decido cenar un shawarma barato en frente de mi hotel. El sol se está poniendo. Los camareros que me atienden son muy apáticos. Pido mi orden y me dejan esperando. Casi media hora. Y es comida rápida. Me dicen que la plancha se está calentando. Pero no les creo. Me empiezo a irritar. Hasta ahora había tolerado mil injusticias. Intento mantener las formas pero me sale del alma la expresión en francés, “Cinco minutos más y me largo para no volver”. El tono de mi expresión es agresivo. Como si los estuviera amenazando de muerte. Me sorprende haberlo dicho de esa manera. El hecho es que me dieron el shawarma en minuto y medio. Me regalaron la bebida. Ya sé cómo inspirar miedo. Y todo tiene que ver con puntualizar con seriedad alguna pérdida futura. Como yo antes temía perder el respeto del azafato, el buen trato de la bella durmiente y el hombre del banco o mi dinero con la hiena taxista. En esos momentos recuerdo que nunca cargué mi anillo. ¡Y TENGO TODA LA NOCHE POR DELANTE!


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